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EL REFRANERO


Como no soy partidario de los BLOGS y mucho menos de las redes sociales, pero además me conformo con mi sitio web, tengo la recompensa de que mis amigos me hagan esporádicamente, observaciones sabrosas.


Es el caso de mi buen amigo Fernando, que es gallego en ejercicio, y que me avisa de haber entrado en mis CAPRICHOS a ver los “RAFRENOS” que es palabra que nunca en su vida había oído, según me dice.


Es natural. Esa palabra he tenido que inventarla (yo tengo tendencias neologistas) para llamar a algo que también he inventado y que consiste en una deconstrucción de los refranes. Como a su vez el refrán es una mutación del silogismo y éste se rige por el juego de nuestras cuatro primeras vocales para designar sus modos válidos, pues yo me he permitido llamar a los RAFRENOS, cada vez que los evoco, de la forma distinta que me apetece cambiando al azar sus tres vocales. Así, pueden aparecer RAFRINUS, RIFRENAS, RUFRANIS, RUFRONES, etc.


Continua mi amigo:

Bueno, vuelvo al silogismo de D. Eulogio [su profesor de filosofía en el Bachillerato], que tal era el nombre del cura de marras. Planteaba el siguiente silogismo: Todos los cretenses son unos mentirosos. Yo soy cretense, luego yo soy un mentiroso. Y nos desafiaba a que aventurásemos una respuesta correcta. Ahí te lo dejo.

Leído el silogismo en modo de lectura rápida, conduce a una aporía porque, al ser el redactor un mentiroso parece deducirse que, una de dos, o todos los cretenses no son unos mentirosos, o él no es cretense. O ni siquiera es un mentiroso.


La realidad es distinta. Se trata de un silogismo aparentemente perfecto con una conclusión válida. Lo que ya no resulta válido  es lo que extraemos de la conclusión Yo soy un mentiroso. Si a ésta la expresamos sustituyendo la palabra mentiroso por su definición según el DRAE, tenemos lo siguiente:


-Yo soy uno que miente

-Yo soy uno que dice o manifiesta lo contrario de lo que sabe, cree o piensa.


Como se ve, lo que no dice la definición, es que el mentiroso mienta siempre. Esa figura no existe, no tiene nombre. El mentiroso mentirá más o menos, pero de vez en cuando dirá alguna verdad: es imposible que alguien, desde que abre la boca por la mañana hasta que la cierra por la noche, y un día tras otro, no haga más que proferir mentiras.


Así pues, lo que ocurre es que el redactor, al escribir todo lo subrayado, podría haberlo terminado así: … luego yo soy un mentiroso que en esta ocasión estoy diciendo verdad.


En definitiva se trata de un sofisma porque atenta contra la exigencia de que en un silogismo los términos no deben tener mayor extensión en la conclusión que en las premisas.


Y en nuestro caso, el término mayor mentiroso/s tiene en la premisa mayor la extensión de abarcar sólo el “decir mentiras”  mientras que en la conclusión la extensión abarca “decir mentiras y verdades”.

Con todo esto yo ya no sé si lo del Entierro del Conde de Orgaz es verdad o mentira, porque ya sabes que ese tal Theotokopoulos también era cretense.


Termina mi amigo, siempre dentro del artículo sobre los “RAFRENOS”, diciendo:

En cuanto  a que  un soriano practicante  diga que en el mes de agosto  en Santiago de Compostela pasó la noche mas fría de su vida, looks hard to believe.

Pues verás, querido Fernando: más que hard, es tremendamente soft. Aquí, con los sorianos y los cretenses pasa algo parecido. Éstos últimos tienen fama de mentirosos pero ya hemos visto que a veces son también veraces. A los sorianos, por su procedencia de provincia fría, se les encaloma la etiqueta de calurosos, vamos, de esos que van a cazar focas al Ártico en mangas de camisa y remangados, porque hay que ver el calor que hace allí. Sin embargo, en Soria, frioleros, haylos, que dicen en tu tierra. No sé si muchos, pero yo soy uno de ellos.


Fíjate cómo será la cosa que el otro día de invierno frío (ma non tropo) acudí a la cita de la médico ante la que hube de desprenderme de todas mis capas de cebolla, para ser auscultado: camiseta, camisa, jersey de lana, chaqueta y abrigo. Al marcharme me avisa la médico: ¡Que se olvida la chaqueta! No se preocupe, respondíull ’: El frío de la calle me habría hecho volver a rescatarla, que yo soy muy friolero! Simplemente, le daba pistas para ampliar mi currículo clínico.


Y es que tener frío, sentirlo o pasarlo, que son formas de decir lo mismo, no depende sólo de la temperatura termométrica externa, sino también de la interna y de otras cosas tales como la destemplanza, la humedad, el historial que uno lleva a cuestas, el contraste, los prejuicios, la costumbre, lo abrigado que vayas, etc.


Lo que sí puedo asegurar es que aquella noche que pasé sentado en un banco de la catedral de Santiago sentí mucho más frio que en otra ocasión en que te tuve a ti de testigo bastantes años después.


Lo recordarás. Habíamos salido de la clase Westighouse de la Universidad de Pittsburgh a la que acudíamos regularmente. Cruzamos la calle y, enfrente, esperamos el autobús en su parada para volver a nuestros digs. Estábamos de pie delante del escaparate de una tienda que exhibía al exterior un gran termómetro que marcaba exactamente 32 grados, parece que lo estoy viendo: que nadie se asuste; eran Fahrenheit!


Yo no tenía frío, tal vez por conservar interiormente el calor del aula. Pero tú, de pronto, y al cabo de un rato de espera, me sacudiste con un ¡Oye, que te pasa en esa oreja?! Me miré al espejo del escaparate para comprobar con susto que tenía blanca su mitad superior.


Era el invierno de 1957 / 58. No había dado importancia a que allí todo el mundo usara protectores de abrigo para las orejas. La fórmula de conversión era la de siempre: C = (5/9) (F – 32). Estábamos a cero grados centígrados. Lo de Santiago había ocurrido en agosto de 1948, Año Santo Compostelano. La temperatura más baja que yo recuerdo en Soria durante mi Bachillerato es de 11º bajo cero: y yo, con mi abrigo, guantes y pasamontañas de lana, y mi bocadillo de torrezno para el recreo.


Tengo también otro dato de frío gallego que me viene al recuerdo ahora. En 1980 veraneamos en Sanjenjo (y Adolfo Suárez, al lado, en la Toja). Inevitable: Irnos a bañar a la playa de la Lanzada. Bueno, pues el frío pude aguantarlo hasta media tibia nada más. Solo comparable al que detectó la misma tibia algunos veranos después en el pequeño lago de Panticosa.