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QUÉ hay detrás

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Esta galería de retratos (1937, 1942, 1949, 1955, 1975, 2017) es, más que nada, para que los estudiosos de Darwin puedan analizar la evolución de las especies.


Pues sí, detrás estoy yo, Jesús de la Peña Hernández, Dr. Ingeniero Electromecánico del I.C.A.I. (hoy Universidad Comillas) promoción 1955.


Nací el 16 de octubre de 1932 en Noviercas, provincia de Soria, casi ladera del Moncayo. En mi mismo pueblo vivió el poeta G.A. Becquer y en él nacieron también su primero y tercer hijo.


Cuando tengo menos de un año, mis padres -ambos maestros- se trasladan a San Vicente de la Barquera (entonces La Montaña, ahora Cantabria). Por allí había caído también Carlos I de España y V de Alemania algunos siglos antes por causa de unos vientos que no le dejaron en Laredo como otras veces.


Me admira ahora el valor de mis padres que, llevándose a Dios como cristianos viejos desde el alto llano numantino (A. Machado), acabaron en aquella periferia que se asoma a la bahía entre los puentes de los Reyes Católicos (el de la Maza) y de Carlos III, guardándose la espalda con los Picos de Europa: La belleza total fue su recompensa.


Alli viví la guerra civil y mi infancia feliz de 10 años. Tan feliz, que no me amargan los tremendos recuerdos de la guerra (que conservo), ni pienso que lloviera tanto: sólo los juegos al sol y en el arenal con los barcos de barro que yo me hacía, son mis imágenes vivas.


Primera comunión en alpargatas blancas con suela de goma negra; Elobey, Annobón, Corisco y Fernando Poo, las islas españolas en el Golfo de Guinea (que aún recuerdo), como preparación al examen de ingreso de Bachillerato.


En 1942 nos trasladamos a Soria capital en cuyo Instituto apruebo ese ingreso con nota de sobresaliente y matrícula de honor. Completé los siete cursos en el mismo centro donde antes habían enseñado Antonio Machado y Gerardo Diego. Siempre guardaré gran afecto y agradecimiento para aquel excepcional plantel de profesores que me enseñaron a crecer, desde 1942 a 1949.


Me gustaban las chicas más que comer con los dedos. Hoy todavía siguen en mis manos las cabezas de pescado cuando todos han abandonado la mesa. Pero era tímido, y mi madre me decía que las chicas, mejor para después. Yo intuía que iba a tener razón, así que, entre los 7 cursos de Bachillerato saqué una nota media de 9,55 con matrícula de honor por curso; en el subsiguiente Examen de Estado (Reválida en la Universidad de Zaragoza), obtuve sobresaliente y premio extraordinario.


Los estudios estaban salpicados en verano de excursiones al campo con amigos y amigas y campamentos del Frente de Juventudes. Recuerdo con especial cariño el turno de verano de 1948 en el campamento nacional de Covaleda. Hasta entonces la España que yo conocía era la de los pueblos de mis compañeros sorianos de curso (Dévanos, Perdices, Ledesma ...). Pero allí, pegados a mí, en mi tienda, había chicos de Murcia, de Gerona, de Almería, de La Gomera ... Además, mi centuria se llamaba Simón Bolívar, la de al lado José de San Martín, etc. Allí no lo sabíamos, pero aquello era un especie de Alianza de civilizaciones. Como digo, entonces entendí a qué llamamos España, cosa que aun más tarde todavía era problema para Pedro Laín Entralgo.


La mezcla de la curiosidad de mi padre y del trabajo suyo y de mi madre, me llevaron a estudiar Ingeniero del I.C.A.I., carrera hoy enmarcada dentro de la Universidad Comillas, de los Jesuitas. Mi padre estaba suscrito a la revista Ibérica, la mejor de la época en materia de divulgación científica y técnica. A mí me encantaba ojearla, porque como siempre me han gustado mucho los barcos, no faltaban ocasiones de ver detalles, p.e, de la botadura de los grandes trasatlánticos de la época -recuerdo aún la del italiano Rex que, por cierto, era muy admirado en 1973 por los figurantes de la película Amarcord de Fellini-.


En Ibérica conoció mi padre la personalidad y la obra del jesuita P. Pérez del Pulgar, fundador del I.C.A.I., y no dejó de trabajar, sudorosamente, hasta conseguir para mí la ilusión de su vida. Siempre contó con mi madre en el empeño: trabajaron con ilusión desmesurada durante años, dando clase en la escuela y en casa, empezando su jornada a las 8 de la mañana para terminar a las 11 de la noche. Con cuánto agradecimiento y cariño los he recordado al cumplirse los 50 años de haber terminado la carrera!


Pero la carrera era cara y, a pesar de todo, los recursos no alcanzaban. Afortunadamente entonces había becas para casos así. Durante los 7 cursos de Bachillerato yo fui becado por la Universidad de Zaragoza y durante los 6 de carrera por el Ministerio de Educación primero y después por el SEU (Sindicato Español Universitario). La única condición era sacar notable en junio de cada curso: un grano de anís!


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