TÍTULO: Los demonios de Loudun.

AUTOR: Aldous Huxley.

Planeta, 1977; 318 páginas.


El libro es un estudio histórico que el autor hace sobre los acontecimientos ocurridos en la ciudad aquitana de Loudun en 1631, a propósito de unos famosos casos de supuestas posesiones diabólicas que terminaron con una persona en la hoguera. Inevitablemente su desarrollo le conduce a sucesivos estudios psicológicos de personajes y situaciones.


Nuestro autor, uno de los más grandes escritores del siglo XX, no es historiador de profesión (era médico), pero tenía el olfato de los buenos historiadores ingleses. Esto me permite poder compararlo, por un lado, con nuestro Gregorio Marañón y, por otro, cómo no, con sus paisanos hispanistas ingleses, tan próximos a nosotros como puedan ser Raymon Carr, Hugh Thomas o Paul Preston. Él mismo se había recorrido España de cabo a rabo.


Digo lo del olfato histórico porque quien pretenda honradamente historiar tiempos pasados ha de sentir curiosidad por el tema, ha de acercarse a él sin prejuicios y ha de profundizar en todas las fuentes que existan, sean del signo que sean, a fin de contrastarlas para clarificar los hechos. Nuestro autor ha consultado 17 fuentes distintas incluyéndose entre ellas los escritos de los propios protagonistas.


Todo esto es lo que hace sobradamente bien Aldous Huxley. Escribió varios libros sobre parasicología y misticismo, y esa materia puebla continuamente este su libro. Que por otra parte está sembrado de un fino y elegante humor, rayando en lo sarcástico cuando el caso lo requiere. Viajero infatigable por el mundo entero, visitó la pequeña ciudad de Loudun, próxima a Poitiers, en 1948. En sus abundantes libros se pone de manifiesto su sólido conocimiento de la compleja historia europea del siglo XVII.


De su muy extensa producción literaria (también fue guionista cinematográfico en Hollywood para los famosos directores George Cukor y Allexsander Korda), yo destacaría estos dos libros: el que ahora nos ocupa y Un mundo feliz. Éste último es una visión imaginativa, y pesimista, del futuro, mientras que Los demonios de Loudun no se caracteriza por lo imaginativo sino por su intención de rescatar lo real del pasado que fue.


Este libro es un capítulo de la historia de Europa en general, y de la de Francia en particular. Pero es, más que nada, un capítulo importante de la historia de la Iglesia. El capítulo que no venía en la Historia de la Iglesia que yo estudié en mi tercero de Bachillerato. Digo esto porque sus numerosos personajes son eclesiásticos en su inmensa mayoría.


El primer protagonista que aparece, Urbano Grandier, educado en los Jesuitas de Burdeos es, en Loudun, el párroco de San Pedro del Mercado y canónigo de la colegiata de la Santa Cruz. La protagonista femenina es Sor Juana de los Ángeles, priora de las ursulinas del lugar. El segundo protagonista masculino es el P. Surin, jesuita. Luego hay capuchinos, carmelitas (monjes y monjas), exorcistas varios (no olvidar que el exorcista es un clérigo que ha recibido órdenes menores), canónigos, directores espirituales, jueces eclesiásticos, etc, etc. Para terminar con el obispo de Poitiers, el arzobispo de Burdeos y, por fin, y nada menos, que con el cardenal Richelieu.

Además, todo ello entreverado con la pugna entre católicos y protestantes (hugonotes) que se mantenía viva 33 años después de firmado el Edicto de Nantes que, se suponía, debía haber traído la paz entre las dos iglesias. Sin embargo la católica no había tenido inconveniente en desposeer a los protestantes de Loudun (calvinistas), primero, de su cementerio y luego del confortable edificio que ocupaban como colegio para dárselo a las monjas ursulinas.


Nuestro libro fue publicado en 1952, el mismo año en que Arthur Miller escribía su obra de teatro Las brujas de Salem que había de estrenarse al año siguiente. Por tanto, ambas obras vieron la luz en la década de los 50 en que se desarrollaba con fuerza en los EE.UU la caza de brujas que el senador Joseph MacCarty había emprendido contra todo sospechoso de actividades antiamericanas y que se supusiera confabulado con el partido comunista.


Resulta clamorosa la coincidencia de ambas obras. Los juicios de Salem tuvieron lugar en ese lugar de Massachusetts en 1692 (31 años después de los sucesos de Loudun) con resultado de condena a muerte de 25 personas, casi todas mujeres, acusadas de brujería. Lo que latía en el fondo era una prepotencia considerable de los puritanos que, con pretextos religiosos, manejaban a su conveniencia los enfrentamientos entre familias.


Me gustaría dejar constancia de otra coincidencia por más que ésta sea puramente anecdótica. Hoy en día nuestra ciudad de Burgos está hermanada con Loudun por el siguiente motivo: El patrón de Burgos es San Lesmes que era natural de esa ciudad francesa. Siendo monje con fama de santo, la reina Constanza de Borgoña, segunda esposa de Alfonso VI de Castilla, al venir acá se lo trajo para asesorar a la corte. Está enterrado en el monasterio burgalés de San Juan Evangelista.


Vamos a entrar ya en el libro presentando los retratos de los tres protagonistas por el orden en que los he mencionado, y tal como los describe el autor. Pienso que esta presentación es fundamental para entender el contenido del libro. Haré extracciones del texto original cuidando serle fiel aunque aparentando una continuidad del texto que no existe en la mayoría de los casos.

Desde el primer momento, … la mayor parte de sus feligreses lo aprobaba. … era un hombre en la primera juventud, alto, atlético, con aire de grave autoridad y hasta (en opinión de un contemporáneo) de majestad. Sus ojos eran grandes y oscuros, y bajo el solideo podían vérsele los mechones de pelo abundante, negro y ondulado. Su frente era alta, su nariz aguileña, sus labios rojos, carnosos y ágiles. Una elegante barba a lo Van Dick remataba su mentón, y en su labio superior lucía un fino bigote cuidadosamente atusado y suavizado con delicadas pomadas, de modo que sus enruladas puntas se confrontaban a ambos lados de la nariz, como un par de coquetos signos de interrogación. A los ojos de un post-faustiano, su retrato sugiere un Mefistófeles metido en carnes, nada inasequible, y sólo un poco menos inteligente que el auténtico, vestido con hábito de clérigo no exento de fantasía.

A esta apariencia seductora, Grandier añadía las virtudes sociales de las buenas maneras y de la animada conversación. Siempre se hallaba dispuesto a corresponder a un cumplimiento con la mayor gentileza, y la mirada con que acompañaba sus palabras era más lisonjera que las palabras mismas si se trataba de una señora muy presentable. Era obvio que el nuevo párroco se tomaba por sus feligreses un interés que no era meramente pastoral.

Ronsard era su poeta favorito, y había escrito algunas estrofas que expresaban, perfectamente, el punto de vista del joven párroco:

Cuando estemos en el templo, / arrodillados, obraremos / cual devotos, a la manera / de aquellos que, para rogar a Dios, / humildemente se inclinan / en el rincón más secreto de la iglesia. / Pero cuando estemos en la cama, / entrelazados, obraremos / cual lascivos, a la manera / de los amantes que libremente / y retozando / practican caricias sin cuento.



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