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PALABRAS DE FUEGO (La obra literaria de Acacia Uceta),

por Luis Arrillaga

Diputación Provincial de Cuenca, 2009, 371 págs.


Cuando uno se enfrenta a un libro como éste de Luis Arrillaga, tiene delante un gran problema, porque, en realidad, tiene ante sí dos libros: el de Luis, y el de la obra completa de Acacia Uceta.


Por tanto, uno se arriesga a tener la tentación de bascular de uno a otro. De esto me percaté en cuanto empecé a leer el grueso volumen, pero he aquí que la página 317 -"Breve Antología Poética", Apéndice 1- me resolvió el problema. Luego explicaré por qué.


Empezaré diciendo que, cuando hable de el libro y de nuestro autor, me estaré refiriendo siempre a Luis Arrillaga, cuyo libro califico ya de magnífico. Aunque los intuyo, desconozco sus antecedentes. Sé de la gran afición que siempre ha tenido Luis por Acacia: con ambos compartí mesa en el Ateneo de Madrid con motivo de una presentación que allí se hizo de Acacia Uceta poco antes de su muerte. Asimismo, también fui testigo, algunos años antes, de otra presentación que Luis Arrillaga había hecho con ocasión de la lectura poética de Acacia en nuestra "Tertulia Poética del Buen Retiro".


Conozco las inquietudes políticas, sociales, religiosas, teológicas y místicas de Luis Arrillaga y, por supuesto, no soy ajeno a su sobresaliente vena poética ni a su competencia como crítico literario. Lector incansable, gusta de poner las palabras justas para apoyar su interpretación de las cosas, de las personas y de las obras que salen de sus mentes y de sus manos.


Con todos estos ingredientes no tendré que aclarar el calificativo de magnífico que adelanté antes. Es un libro que no está hecho de encargo ni por compromiso. Es, estoy seguro, espontáneo, fruto de un cariño entrañable hacia nuestra poetisa y construido desde la afición a una temática que Luis Arrillaga domina por propia experiencia, y en  la que gusta ejercitarse. No se puede pedir nada mejor.


Sólo queda añadir que nuestra poetisa compartía las mismas aficiones y convicciones que Luis y que todas ellas las dejó materializadas en bellos, emotivos, profundos y resonantes versos.


Lo primero que hace Luis Arrillaga es estructurar el libro de una forma muy inteligente. No analiza la obra poética de Acacia Uceta libro por libro, sino que la atraviesa toda con distintas espadas en cuyos puños podemos leer lo que ahora copio a modo de Índice sumarísimo de ésa su obra poética. (Ha de tenerse en cuenta que algunas de esas espadas también atraviesan la obra en prosa, añadiendo, en el caso de la novela larga Una hormiga tan sólo, algunos epígrafes necesarios para interpretar el relato.)


OBRA POÉTICA: El optimismo existencial. El amor de pareja. La vena existencialista. La poesía social. La poesía ecologista. La sabiduría humanista. El neopopularismo. La espiritualidad. Cuenca, capítulo aparte.

     

    Resulta asombroso ver las adherencias que Luis saca en cada una de las nueve espadas después de atravesar con ellas, prácticamente, la obra completa de Acacia Uceta. Me apresuro a adelantar que, cuantitativamente, la temática no está equilibrada en el libro. Aunque las nueve rúbricas están tratadas con igual profunda intensidad, la de la espiritualidad abarca, por sí sola, un tercio del total de las 283 páginas del ensayo crítico sobre la obra poética. Ésta es la razón por la que yo también me he centrado especialmente en el tratamiento que de la poesía de Acacia Uceta se hace en el libro.

     

    Consta esta rúbrica sobre la espiritualidad, a su vez, de 12 apartados que van desde la fe religiosa: aceptación de la transcendencia, a la esperanza en la vida eterna, pasando por el silencio y la ausencia de Dios o por hacer teología, la dimensión mística, la noche oscura, la  iluminación, etc.

     

    Por este procedimiento, el asombrado lector se pasea por las nueve salas del “museo Acacia Uceta” teniendo como guía e intérprete a Luis Arrillaga. Nos lo dice él mismo en la página 276: “Con todas estas reflexiones, podemos apreciar, en la sabiduría mística que hemos expuesto e interpretado…, un resumen sistemático…"

     

    En esa exposición e interpretación no se sabe qué es más de admirar, si la comunión de pensamiento de autor y poetisa o la sabiduría apreciativa y seguridad de convicción de nuestro autor, dado que, en cuestiones religiosas, opino que no hay nada que se parezca a la ciencia. Hablar de ciencias religiosas es, per se, un puro oxímoron.

     

    El lector puede hacer la prueba de sondear una cualquiera de las nueve espadas en todas las páginas que van de la 320 a la 336 (la selección que Luis Arrillaga ha decidido como representación de los 11 libros poéticos de nuestra poetisa, en el "Apéndice 1") y comprobar qué extrae adherido al filo de la hoja. Se dará cuenta inmediatamente de que, para conseguir lo que Luis Arrillaga ha logrado, hace falta tener la costumbre, el arte y la técnica de un excelente crítico literario.


    Yo, por mi parte, me voy a permitir alguna observación menor. En la página 182, y de acuerdo con esa comunidad de pensamiento de poetisa y autor a que antes me referí, leemos:


    “Por otra parte, en el Poema VIII del libro Asedio aparece una sencilla  y certera  definición de la guerra: La guerra es una escuela de rencores, es decir, una forma de aprender los contravalores más inhumanos y los medios más terribles de hacer daño a los demás.”


    Me permito disentir: La guerra no es la escuela del rencor. Es la Universidad, es un Máster especializado, es el Doctorado del rencor. Pero, para llegar a la guerra, a las guerras, a todas las guerras, la sociedad ha pasado antes por la escuela del rencor, por el rencor alimentado de fanatismos, especialmente los de carácter religioso o sociopolítico. Que es cosa que suele olvidarse.

     

    Del libro de Acacia Uceta Memorial de afectos, nuestro autor ha seleccionado, con muy buen criterio, el poema “A Enrique” (Enrique Domínguez Millán, también escritor y esposo de nuestra poetisa) para dejarlo incorporado a la "Breve Antología Poética".

     

    Precisamente, el apartado “La esperanza en la vida eterna” es conectado por Luis Arrillaga con el poema “A Enrique”, que, según nuestro autor, nos presenta el amor como realidad eterna que vence a la muerte y que es también sinónimo de transcendencia. Y, para demostrarlo, copia los ocho versos de su estrofa central.


    Estando de acuerdo con esta apreciación de Luis, echo de menos que, en otra "espada”, no se hayan quedado adheridos los dos últimos versos de la estrofa seleccionada: …el gozo y el dolor que te produje / habrán sido la forja de tu alma.


Son estos versos de un enorme valor moral en la apreciación de cualquiera que tenga larga experiencia de vida de pareja y reflejan, además, valentía, clarividencia y confianza en el otro.


En las págs. 275 y siguiente hace Luis Arrillaga una aclaración que se venía echando de menos: la dinámica de la mística cristiana, con dos de sus diversos componentes esenciales, la “noche oscura” y la “iluminación”, es tratada extensamente en el ensayo que nos ocupa. Podría dar la impresión, pues, de que el itinerario inevitable es ése y que, por tanto, para ser un místico o, más bien, para tener experiencias místicas, hay que buscar la oscuridad, el sufrimiento, la ausencia de Dios (es decir, hay que ser un tanto masoquista), a fin de ser recompensado a continuación con la visión beatífica.


La oportuna aclaración del autor se apoya en unos versos de Acacia Uceta en el Poema VII de "Encuentro", en Árbol de agua: No fui por la tristeza a tu dominio…/ … por el gozo fui a tu encuentro.


Así, Luis Arrillaga desarrolla su tesis al respecto en estos términos: “… aquí hallamos una gran riqueza de matices, aunque alguien pudiera, tal vez, descubrir contradicciones. Sobre todo se trata de que, en contra de antiguas doctrinas erróneas, el cristianismo no es un masoquismo … la cruz sí es esencial en el cristianismo, es vehículo para llegar a la Luz, pero no debemos buscarla o provocarla, sino aceptarla y asumirla cuando aparece en nuestra vida …”


Todo esto está íntimamente relacionado con el “fiarse de Dios” que nuestro autor aborda en las páginas 210 y 274 respectivamente:

“…la fe verdadera debe entrañar un riesgo ineludible, un salto en el vacío -según la teología tradicional-, en virtud del cual el creyente se fía de Dios…" (pág. 210).

“… esta es la fe; vencer la noche (Acacia Uceta) con la perseverancia, fiarse de Dios con un salto en el vacío desde la noche oscura, con lo cual sobrevienen …la luz… y el primer albor (A.U) -iluminación- de la partida…" (pág. 274).


Pero uno puede plantearse legítimamente, aunque al margen de la teología tradicional (“siempre que veo un teólogo, es un poco como un enemigo”, decía Juan XXIII en El Ciervo, diciembre 1963), otra forma de fiarse de Dios.


¿Cómo no fiarse de Él uno que, a sabiendas de que no es precisamente un santo, tiene la profunda convicción de haber sido creado por Él, al igual que las otras cosas maravillosas que le rodean?


Hasta ahí, el fiarse; lo demás son apaños que nos hacemos los hombres de manera teológica para intentar resolver, por supuesto que sin conseguirlo, el eterno misterio divino.


¿No será más natural fiarnos de Él, que Él ya hará con nosotros lo que tenga previsto, algo que, en cualquier caso, nos resultará conveniente con seguridad? Se trataría así de una “fe pasiva” que no tiene nada que ver ni con saltos en el vacío ni con la conocida como "fe muerta": sería, por el contrario, el paradigma de la fe viva, la que se traduce en proyectarse hacia los demás, pero, simplemente, dejándose llevar por Dios. Como suele decirse: "¡que sea lo que Dios quiera!"


En definitiva, éstas son únicamente mis propias consideraciones acerca del interesante libro de Luis Arrillaga sobre la obra de Acacia Uceta. No me alargo más; que cada lector se haga las suyas.